Eva Millet, autora de ‘Hiperpaternidad’: “En esta carrera por lograr el ‘súper-hijo’ nos cargamos la infancia”


Eva Millet - ©Marta Fernández

Eva Millet: “En esta carrera por lograr el ‘súper-hijo’ nos cargamos la infancia”

Eva Millet Malagarriga es periodista y escritora de Hiperpaternidad (editado por Plataforma Editorial), en el que analiza el fenómeno de los hiperpadres y ofrece claves para una “sana desatención”. Colaboradora habitual de La Vanguardia, escribe habitualmente sobre temas de educación y maternidad.  Es autora del blog www.educa2.info. Hablamos con ella sobre el gran impacto de su libro y sobre la tendencia de los padres actuales a sobreproteger a sus hijos. Opina que “educamos con miedo, no en la valentía, y no les ayudamos a enfrentarse a sus temores”. De hecho, uno los mayores temores de padres y madres, considera, “es que su hijo se frustre”, cuando, por el contrario, apuesta por enseñar a nuestros hijos “que las frustraciones existen y que se pueden superar” y por una paternidad y maternidad más relajadas. 

¿Qué te llevó a escribir este libro?

Soy periodista free-lance y hace más de una década que escribo sobre temas de educación/parenting en medios como La Vanguardia. El tema de los hiperpadres me empezó a interesar porque una persona cercana a mí trabaja con estudiantes universitarios estadounidenses y me sorprendía su falta de recursos para solucionar sus problemas: el ejemplo mítico es el de la joven de unos 20 años que se quedó encerrada en el ascensor del centro y, en vez de apretar el botón de alarma, sacó el móvil y llamó a su madre a Estados Unidos, que fue la que alertó para que la abrieran. Como este, decenas y decenas de ejemplos.

La hiperpaternidad —el afán por tener hijos perfectos y a los que hay que supervisar de forma exhaustiva y solucionarles todo por sistema, ¡no sea que se equivoquen!—, procede de EEUU y, como el Halloween y la Coca-Cola, se ha instalado entre nosotros. Al ser yo madre, empecé a detectarla en mi entorno (madres agobiadísimas, todo el día detrás del niño, comparando niños, desafiando al maestro que ose decir que su criatura no es perfecta; niños hiperestimulados y estresados…) y publiqué un par de artículos sobre el tema en La Vanguardia, que tuvieron mucho éxito. Creí que faltaba un libro escrito en castellano que explicara el fenómeno (en el mundo anglosajón hay varios) y publiqué, en enero de 2016, Hiperpaternidad (Plataforma ed). Desde entonces, no he parado: una de las cosas que me dicen es que, por fin, se le ha puesto nombre a este tipo de crianza. 

¿Cómo te explicas que los padres y madres de ahora sobreprotejamos tanto a nuestros hijos?

Hay varias razones: la primera es que tenemos menos hijos, los tenemos más tarde y, a menudo, los padres han tenido tiempo de planear como va a ser esa criatura perfecta e intocable. El hijo, en la hiperpaternidad, es visto casi como un producto, una extensión de tus aspiraciones, y todo lo que se le dé nunca será suficiente. Toda esta inversión (de tiempo y esfuerzos) debe de ser custodiada, hiperprotegida. El niño es perfecto y nadie puede osar decirle nada ni vamos a ponerlo en una situación en la que pueda frustrarse. 

 Uno de lo grandes temores de los padres hoy es que su hijo se frustre.

Así, con la mejor de las intenciones, los padres evitan a toda costa que el hijo se enfrente a sus miedos, haga cosas por sí solo (como los deberes) o vaya a comprar el pan a la esquina (no sea que tenga un poco de miedo, se equivoque haciendo las tareas o lo secuestren). Educamos con miedo, no en la valentía, y no les ayudamos a enfrentarse a sus temores, se los evitamos. Irónicamente, con tanta sobreprotección, se está creando una generación de niños hipermiedosos.

¿Qué peligros tiene para la sociedad esta hiperpaternidad?

Tampoco me gusta hablar de “peligros” para la sociedad pero sí es cierto que estos niños se educan con una rotunda contradicción: por un lado, se les ha dicho que son lo más, los mejores, el centro del universo por el mero hecho de existir pero, por otro, no se les ha pedido nada a cambio y se les ha asistido tanto, que se les ha incapacitado: no pueden resolver ellos sus problemas, no son autónomos (el psicólogo Giorgio Nardone habla de una “estúpida omnipotencia”).

También se está hablando de una generación de “niños blanditos”; muy flojos, con muy baja tolerancia a la frustración —que hoy se considera, entre los padres, casi una enfermedad crónica, contra la que no se puede hacer nada—. No se trata de lanzar al niño por las laderas, como los espartanos, pero sí de enseñar a nuestro hijos que las frustraciones existen y que se pueden superar. Lo mismo que los miedos. Hay que enseñarles a gestionarlos.

¿Cómo podemos salir de esta tendencia?

Bueno, en Estados Unidos se está reivindicando el “underparenting”, que vendría a ser una paternidad/maternidad menos intensiva: estar pendiente de los hijos, por supuesto, es nuestra responsabilidad, pero no intervenir a la mínima de cambio, no resolverles TODOS sus problemas por sistema. Un ejemplo: si tropiezan, no correr a modo del atleta Usain Bolt a socorrerles al instante; tener la sangre fría de esperar y observar si son capaces de levantarse por ellos mismos. Me comentan en las charlas que cada vez hay más niños de parvulario que, al caerse en la patio, no se levantan, pero no porque se hayan hecho daño, sino porque no saben que son capaces de hacerlo por sí mismos. Siempre ha venido un adulto-Bolt a ayudarles a levantarse, aunque ellos podían.

La esencia es estar, observar, pero no intervenir a la centésima de segundo. Lo mismo ocurre con los deberes (ellos son capaces de hacerlos solos; ¿por qué cada vez hay más padres que se sientan, por sistema, a hacerlos por ello?); el cargar con su mochila (pueden hacerlo solos, si pesa, llévales un par de libros, pero que la lleven ellos: estás entrenando su responsabilidad y su autonomía), etc, etc.

Nos obsesiona preparar a nuestros hijos para su futuro. ¿Por qué crees que se ha errado el tiro apostando por mil actividades extraescolares en lugar de jugar o colaborar con el hogar para prepararlos? 

Hay una oferta brutal (llámalo capitalismo, o post-capitalismo) para hacer de tu hijo ese ser preparadísimo que va a triunfar, sí o sí. Pero ello requiere estimulación precoz e hiperactividad y lo que yo llamo “agendas de ministro” (las tardes libres empiezan a ser una rareza). No sé que vino antes, si la oferta o la demanda pero en esta carrera por lograr el súper-hijo nos cargamos la infancia: el tiempo para jugar y para aburrirse y la adquisición de otras habilidades que también son básicas en la vida. La educación no solo es la adquisición de conocimientos puros y duros, también es la formación de un carácter para implementarlos (que incluye aprender a tener paciencia, capacidad de esfuerzo, empatía, curiosidad, tolerancia a la frustración…)

Si antes los niños eran muebles y ahora son altares por esto del péndulo, ¿qué deberían ser ahora?

Niños, con derechos, por supuesto, pero también con deberes, adecuados a su edad. Conscientes de que son personas y, como tal, deben de ser respetados pero, también, conscientes de que no están solos en el mundo y que los otros también merecen respeto.

¿Qué acogida ha tenido tu libro? ¿Qué te dicen en las charlas?

Muy buena, como te contaba: tanto a nivel mediático como editorial (ya va por la tercera edición) y de público/charlas. Yo creo que el secreto es que reivindico una maternidad y una paternidad más relajadas, pero, ¡ojo!; no en el sentido de dejar al niño que haga lo que le dé la gana, como propugnan otras tendencias, sino en el sentido de que alcanzar la perfección no es posible (porque la perfección, no existe), y que esta carrera por ver quién hace más o le da más experiencias mágicas al hijo es insostenible (especialmente para las madres, quienes todavía llevan el peso de la crianza y que acaban agotadas). Como dice Gregorio Luri: los hijos tienen derecho a tener unos padres relajados.

Hablas en tu libro de nuestra tendencia a entrometernos en el trabajo de los profesores. ¿Cómo apuestas que sea la relación familia-escuela? En Gestionando hijos hemos creado el Pacto por la educación en equipo (www.equipoeducativo.com), por el que invitamos a profesores y padres y madres a colaborar, a comprender que somos un equipo, a no criticarse, a dialogar si hay desacuerdos, a combatir juntos el acoso escolar… ¿Qué te parece?

Sí: la colaboración familia/escuela es básica en este siglo pero cuando se cruzan unas líneas rojas, esta colaboración se convierte en intromisión y todos sufren, en especial, los niños. Y esto está pasando: esa madre que pone verde al profe en el grupo de whatsapp; ese padre troll que arenga a las tropas del AMPA para cargar contra el equipo directivo; ¡esa madre que agrede al profesor! y, por supuesto, iniciativas como la huelga de deberes que a mí me parecen gravísimas. Los hiperpadres quieren adaptar la escuela al hijo y no que el hijo se adapte a la escuela y eso, es imposible, porque el mundo nunca va a adaptarse a ti: hay que aprender a vivir en él y eso no se consigue con este tipo de crianza.

Hablamos en Gestionando hijos de educar sin angustias y con ilusión. ¿Qué ideas podrías ofrecer para este fin?

La educación es un proceso a largo plazo que requiere paciencia, firmeza, amor y confianza. Confianza en nosotros mismos (somos capaces, no hemos de ser unos padres perfectos, sino unos padres razonablemente buenos) y, sobre todo, en ellos: ellos pueden. Hacer sus deberes, llevar su mochila, organizar su agenda… Y, sobre todo, quieren. Y no se les está dejando ser autónomos, que es la base para ir por la vida

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