Frases que ilusionan: “Eres el padre o madre que necesitan tus hijos”


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¿Cuál es el compañero de viaje más probable en la aventura de la maternidad o la paternidad? Seguro que lo adivinas: la culpa. La culpa por no tener tiempo para ellos, por no darles todo lo que quieren, por tener conflictos sin parar, por perder la paciencia, por no llegar a todo, por no enterarse de las tareas que nos proponen en la escuela, por ir siempre corriendo… Como ya nos dijo Lucía mi pediatra una vez, “la culpa destruye, machaca y oscurece el espejo donde nuestros hijos se miran cada mañana, que somos nosotros. Debemos identificarla cuando llegue y eliminarla rápidamente de nuestros pensamientos. No llegamos a todo, ya está. Una vez asumido se trata de disfrutar de lo que tenemos, de lo que la vida nos ha dado, de lo que nosotros hemos conseguido y de dar lo mejor de nosotros a los que nos rodean”. Dejar la culpa atrás es complicado, pero es algo que intentaron Marina y Adrián un buen día en esta historia. 

Marina y Adrián son padres de dos niñas maravillosas: Cloe, de seis años, y Paula, de uno. Pero en la familia hay un protagonista más, la culpa, que llegó a casa el mismo día que entró Cloe por la puerta y ha ido creciendo al mismo tamaño o más, porque cuando llegó Paula la culpa aumentó exponencialmente.

Si lo piensan bien, los padres se han sentido culpables por meter a la bebé Cloe en una bañera demasiado caliente, por suplicar por las noches que dejara de llorar porque necesitaban descansar, por tener que trabajar cuando Cloe era un bebé, por no haber evitado su primera caída en el parque, por haberle robado protagonismo con la segunda niña, por perder la paciencia a menudo, por las miradas de la gente cuando Cloe se puso furiosa en el supermercado, por haber salido el primer día a cenar sin niñas… No hay día en que no se sientan malos padres por algún error, que viven como un juicio sumarísimo que los sentencia como los peores padres de la historia.

Un buen día, Marina y Adrián, cansados de cargar con la fuerte losa de la culpa que ha llegado al punto de impedirles disfrutar de sus hijas en busca de una perfección inexistente, están en el campo con una pandilla de amigos y los ven relajados, sin sentirse culpables por no vigilar de cerca que a sus hijos no les pase nada y hablando tranquilamente de errores que han cometido en la educación: su amiga Lucía se propuso no volver a gritar a su hijo Lucas y a las dos horas de hacer la promesa le estaba gritando, su amigo Héctor no llegó a tiempo a ver el partido de baloncesto de su hija Marta, su amiga Clara dejó de ver cómo le miraban los demás en medio de las rabietas intensas de su hija Lola…

-Jo, ojalá yo fuera capaz de tomarme estos fallos con tranquilidad y no sentirme tan culpable- les dice Marina.

-Mira, Marina, errores vamos a cometer, yo lo tengo claro, pero pienso que mejor aprender de ellos que reprochármelos. Prefiero pensar que soy el mejor padre de Marta puede tener,  el padre que Marta necesita, que tengo que ofrecer lo mejor de mí y que la culpa no me va a ayudar a esto.  Cuando me convencí de que no podía ser un padre perfecto di  la patada definitiva a la culpa y empecé a vivir mejor. 

Observando a sus amigos y disfrutando de su pequeña tribu en medio de la naturaleza, Marina y Adrián empezaron a desterrar la culpa, a despreocuparse por tonterías, a juzgarse por cada fallo y a querer aprender de sus errores, pensando en soluciones en lugar de en problemas. Y, efectivamente, llegaron a pensar que eran los mejores padres que Cloe y Paula podían tener.

 

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