Nombrar una emoción es…


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Nombrar una emoción es…

Partiendo de una conversación de un niño triste y una madre que no juzga ni reprime sino que explora el mundo interior de su hijo con verdadera curiosidad, Ángeles Jové, de AEIOU Coaching para padres, nos recuerda que “ser padres es una fuente de aprendizaje constante. Aprendemos nosotros y aprenden nuestros hijos. Cada situación vivida es una oportunidad para regalarles una enseñanza. Identificar emociones y ponerles nombre es una de ellas. Y, además, muy importante. Ayudarles a que exploren su mundo interior es una aventura apasionante y cuanto más rico sea su vocabulario menos perdidos estarán, comprenderán y se comprenderán mejor”. 

– ¿Cariño, qué significa esta carita?

– Mami, ¡estoy triste!

– Ven cariño… – le dije sostenido su mejilla y acercándomela a la mía. -¿Qué te pasa? -Le di un beso.

– Que estoy triste…

– ¿Qué sientes?

– Mamá, es que me he puesto a recordar cosas que hago con papá y como no voy a verlo hasta dentro de tres semanas, pues me he puesto triste. ¡Es mucho tiempo! ¿Por qué tiene que viajar tanto? Pfffff!

– ¿Qué has recordado?

– ¡Pues lo bien que me lo paso cuando voy al campo con él! Si, las mañanas que tú te quedas con el peque. -Su cara pareció iluminarse por unos momentos. -Cogemos saltamontes, buscamos hormigueros, ¡Me lo paso tan bien, mamá!

– Ya veo, ¿Y qué más?

– El otro día me llevó a ver aquella película que me hacía tanta ilusión y luego fuimos a merendar. Al pensar todo esto me he puesto muy muy pero que muy triste.

– Cariño, todo esto que me cuentas es maravilloso. Estás recordando momentos muy especiales que pasas con tu padre ¡momentos inolvidables que siempre guardarás en tu corazón! Esto que sientes no es tristeza, se llama nostalgia o añoranza porque está teñida a la vez de recuerdos positivos y de alegría. Parece contradictorio… ¡pero no lo es! ¿te das cuenta?

– ¡Es verdad! Estoy triste pero al mismo tiempo siento ganas de sonreír un poquito cuando lo pienso.

– ¡Pues eso!

Ser padres es una fuente de aprendizaje constante. Aprendemos nosotros y aprenden nuestros hijos. Cada situación vivida es una oportunidad para regalarles una enseñanza. Identificar emociones y ponerles nombre es una de ellas. Y, además, muy importante. Ayudarles a que exploren su mundo interior es una aventura apasionante. No podemos imaginar el bien que les podemos hacer ayudándoles a nombrar, distinguir, identificar lo que sienten. A veces es fácil, otras se complica y podemos confundirnos ante la mezcolanza de distintas emociones.

Seamos curiosos, abandonemos los juicios, el “yo ya sé cómo se siente”, exploremos con verdadera pasión, con ganas de saber, de conocer quiénes son. Cuanto más precisos seamos mejor. Cuanto más rico sea su vocabulario menos perdidos y confundidos estarán, y mayor será su mundo. Si, porque su mundo crecerá, aparecerán dimensiones desconocidas hasta el momento, comprenderán mejor y se comprenderán mejor, entenderán muchas cosas que hasta ese momento no eran capaces de integrar, de hacer suyas, de guardarlas en su interior… Aprenderán a experimentar, a disfrutar, a apreciar, a gozar un mundo que se les aparecerá ante ellos como un universo infinito e inagotable.

Sin este primer paso imprescindible (identificar, nombrar) no es posible conocerse. Si no aprendemos a saber qué sentimos nunca sabremos como manejar, gestionar o transitar nuestros sentimientos y emociones.

Nombrar es reconocer y legitimar lo que estoy sintiendo. Es permitirlo. Si no aprendo a reconocerlo en mí (verlo en mí) difícilmente podré verlo y valorarlo en los otros. Cuando nombro también distingo, delimito, matizo, conozco… Se abre ante mi una ventana a algo que era desconocido hasta entonces y que ya no podré ignorar más. Me abro a mi consciencia. Cuando lo nombro existe para mí.

“Los límites me mi lenguaje son los límites de mi mundo”

(Ludwing Wittgenstein)


Imagen de portada: Jordan Whitt /Unsplash

 

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