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A discutir también se aprende

Desterrar una de las etiquetas más estúpidas

Ja, ja, ja, cómo se expresa ese tío. ¿Has visto lo que ha dicho? Utiliza palabras que no tienen sentido. Es que estos [lo que sea] no saben hablar bien el español. Y tiene un acento que no se le entiende, a ver si aprende a vocalizar.

-Menos mal que a nosotros sí se nos entiende, papá.

¿Das por válida, por creíble esta conversación? Creo que para cualquier de nosotros va a ser fácil reconocer (y reconocernos) en algún momento en el que alguien (o nosotros) hemos pensado y verbalizado que quien no habla como nosotros lo hace mal.

¿No es muy estúpido?

«Las guerras de nuestros antepasados» es una deliciosa obra de Miguel Delibes en la que el Doctor Burgueño y el recluso Pacífico Pérez mantienen una conversación en la que el primero hace intermediario de los sentimientos, de los aconteceres del otro. Los dos hablan “distinto”, los dos aprenden tanto de las formas diferentes de ver la vida como de sus diferentes formas de expresarse. Y el lector disfruta de una de las que grandes obras de la literatura española, aunque no sea de las más conocidas.

Despreciar o menospreciar la forma, el vocabulario o el acento de otra persona que habla distinto a nosotros demuestra nuestra incapacidad para aceptar al diferente. Si nos creemos seres superiores por hablar con nuestro acento -algo de lo que no tenemos ningún mérito- , se deberá suponer que en otros asuntos en los que tratemos al que es diferente que nosotros también les haremos de menos. Etiquetar a alguien por algo como un acento, utilizar un vocabulario diferente del que nosotros utilizamos que habla mal de la capacidad del “etiquetador/juzgador” para convivir, para aprender, para educar.

Aunque estemos de acuerdo con los argumentos que expongo es fácil caer en la trampa de etiquetar/juzgar a ese que habla “raro”.  La etiqueta lleva incorporada, asociada nuestra valoración extensa, lo que se conoce como el efecto halo que Alberto Soler y Concepción Roger explican en su libro “Niños sin etiquetas”. El efecto halo explica que como ya hemos decidido que la  persona etiquetada no es “una de las nuestras” vamos a predisponernos para desconfiar, valorar negativamente no únicamente su acento, sino también su contenido. En definitiva, esa primera impresión que tanto nos ha impactado va a condenar a la persona que hablar “raro”. 

Etiquetar a alguien por algo tan simple y estúpido como su forma de hablar habla mal de quien lo hace y es, además, un déficit educativo de primer orden que limita a nuestros hijos para convivir inteligentemente y participar positivamente en una sociedad que progrese.  Esa forma de educarles – algunas veces sin ser conscientes de ello- les hará injustos, ignorantes y miedosos.

Qué acento más bonito tienes, ¿de dónde eres? Me encanta cómo te expresas, lo haces de una forma muy diferente. Dime, ¿qué quieres decir exactamente con esto?

Parece más razonable aprovechar la oportunidad de conocer y aprender a quien habla diferente que nosotros sabiendo que los dos hablamos raro. Él para nosotros y nosotros para él.

Permíteme acabar con una última reflexión que espero que no te parezca contradictoria. Si acudimos a un país o provincia donde nosotros hablamos diferente a los lugareños, haremos el intento de hablar como ellos, como un gesto de buena educación, de adaptación a sus costumbres. Cuando nuestros hijos observen que preguntamos con cariño al diferente y tratamos de convertirnos en “normales”, cuando nosotros somos los diferentes, habrán interiorizado un mensaje, una actitud para toda la vida.

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Sobre el autor

Leo Farache
Leo Farache
Nacido en Madrid, de la añada del 63. Su vida profesional ha estado ligada al mundo de la comunicación, gestión, marketing. Ha dirigido algunas empresas y escrito tres libros (“Los diez pecados capitales del jefe”, “Gestionando adolescentes”, “El arte de comunicar”). Ha ejercido de profesor - “una profesión que nos tenemos que tomar todos más en serio” – en la Universidad Carlos III, UAM y ESAN (Lima) en otras instituciones educativas. Es padre de tres hijos y ha encontrado en la educación su elemento. Fundó en 2014 la empresa Educar es todo desde donde opera la iniciativa Gestionando hijos que tiene como objetivo ofrecer ideas e inspiración educativa a madres y padres que quieren saber más para educar mejor.